Diariamente, desde que posamos nuestros pies en el piso al levantarnos, nuestro cerebro no está exigiendo pensar. Pensar en lo que resta del día, en lo que hicimos y lo que haremos, y es en ese mismo proceso de pensamiento que se activa uno de los elementos más creativos en el ser humano, la imaginación.
Y entonces imaginamos, toda clase de cosas pasan por nuestra mente. Andamos por la calle, vislumbramos los letreros de los periódicos colgando en las esquinas de los semáforos, las vallas comerciales de algunas empresas de la ciudad, ojeamos las revistas de curiosidades y farándula que tanto nos gustan y hasta leemos de cierta manera, las señales de tránsito que encontramos en nuestro transitar de la calle.
En esos sucesos, nuestros ojos no sólo observan el entorno sino que hacen una lectura minuciosa de lo que nos rodea. Ahora pues, imaginemos que en un mundo ideal, todos viviéramos en una gran biblioteca en la que solo viéramos las carátulas de libros y más libros. El cerebro nos exigiría más. Él necesita nutrirse a como de lugar y tal vez ahí nos surja el gusto por la lectura. Ese mundo tan inquietante y agotador en un principio pero que luego de convertirse en hábito se transforma quizá en una de las actividades más apasionantes de nuestras vidas. Tanto como para ser capaz de alejarnos por un instante de la agobiante realidad que vivimos cotidianamente.
Recuerden muchacho, el mayor descubrimiento de cualquier generación es el de que los seres humanos pueden cambiar sus vidas cambiando sus actitudes mentales.
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